Todo se detiene

El tiempo se ha congelado, y solo por el juego de las luces y las sombras bajo el dominio del sol, parece transcurrir el tiempo. Cambia el color y la forma de las cosas que alumbra, alargando y ensombreciendo dimensiones, hasta hacerlas desaparecer, dejando un vacío en su lugar cuando todo se unifica en la negrura en la que se instala la noche, el final, siempre, irremediablemente.
¿Será así la muerte?
Las hojas de las plantas del jardín parecen pintadas en las paredes; las puertas y ventanas, a su vez, también parecen dibujadas sobre …¿la nada?. El perfil de los árboles en el azul de un cielo que va cambiando sus colores a medida que la bola de fuego recorre en circunferencia los ciento ochenta grados, visibles a nuestros ojos. En ocasiones, tímidas o robustas formaciones blancas, grises, inocentes o amenazantes, se suman al movimiento detenido en mis pupilas de observador, que va confundiendo el sentido de las cosas.
Solo los sonidos artificiales, el de una radio a la distancia, o el ladrido de un perro audible solo si se aguza el oído. O el estallido del silencio por los sones metálicos de comunicaciones auriculares vanidosas y engañosas, que nos sumerge, aún más en la oquedad de lo que llamamos existencia.
Las canas que van apareciendo; las arrugas que empiezan a cambiar la fisonomía. El andar más lento e inseguro; la opacidad de los ojos que ya sólo distinguen los detalles a través vidrios agregados a la cara, usando la nariz para algo más que para inspirar trece veces por minuto.
Todo se congela, en este tiempo de pestes y de ruinas, menos el lento discurrir hacia la cruel inexistencia, que manifiesta en toda dimensión la futilidad, cruel banalidad de los asuntos que daban, hasta apenas unos años, sentido a nuestra vida.

Mis pasos me llevan a recorrer, una y otra vez, los espacios de esta casa, repetidos por cansancio, por costumbre, por rutinas, cuando ya no conducen hacia ningún lugar donde descubrir, asombrarse, emocionarse ante el hecho irrepetible de estar vivo.
Observo, por la ventana, el vuelo de los pájaros. Me voy con ellos hacia horizontes lejanos, y con la vieja mirada de la imaginación, también vencida por años de fracasadas utopías, busco aventuras que sé que ya nunca volveré a experimentar; cuerpos que no acompañarán más mis noches de pasiones perdidas, besos en los que perder el sentido real del fuego fatuo de la vida. La grandeza y la nobleza de un semejante defendiendo su dignidad ante el oprobio.
Por ahora, solo me queda la memoria; pero sé que tiene instancia limitada. Allí donde habita, es la casa en la que se guardan todas las hermosas constancias (también las inútiles) de nuestro paso por la fugaz realidad en la que somos. Y cuando desaparezca, ¿que me quedará entonces que justifique mi presencia? entre aquellos que amé; los principios que sostuve y por los cuales, algunas veces (no tantas como hubiese sido necesario) me jugué la piel y todo el contenido. Los placeres mundanos y otros vicios, ocultos por vergüenza, por cultura, por esa valentía tantas veces renegada y el coraje que, en solo pocas ocasiones, me permitió pasar del borde de la cama, de la puerta del armario, o del encendido discurso revolucionario.
Soy realidad y memoria, nada más; van desapareciendo los proyectos. Y cuando esta realidad,que me está encerrando en la dorada cárcel donde habito; cuando mi memoria apenas puede garabatear estas palabras, y se hayan volado mis sueños al tenebroso país de las penumbras, entonces nada quedará de mí, más que esta vieja cáscara vacía que tan solo ocupará el espacio de una caja de madera, o esparcida al viento, volverá a volar quién sabe dónde, si es que aún tenga sentido saber qué será lo que sigue.

El tiempo se detiene para todo lo inventado. Para esta manera de vivir de los artificios de todo lo fingido, solo para ocupar un lugar en el que ser reconocido; identificado con lo nominado por consenso que, entonces, merece tener el lugar adecuado en este mundo.
Sin embargo no se detiene, avanza inexorable, sobre la rotunda esencia de la materia despojada de artificios, a la que llamamos animación, (que de ánima viene), solo por ponerle un rótulo que aplaque la angustia de estar vivos moviéndonos por los sutiles espacios cuál muñecos animados; sabiendo que al final también desaparecerá, volviendo al cero absoluto donde cesa todo, y ni siquiera vive la existencia.

Nos queda el amor y la esperanza. No el del romanticismo adormilante y pegajoso, ni la esperanza, fundada en la creencia en fuerzas misteriosas, que nos vendrá a salvar de la tragedia, resultado final de nuestra torpe y poca inteligencia.
Me refiero al amor que nos sacude de miserias y despojos y nos revela la cualidad suprema de lo que estamos hechos.
A la ilusión por encontrarnos con la esencia, esa realidad invariable y persistente en cada ser, más allá de lo accidental de su existencia.
La ilusión no es ilusionismo o espejismo de anhelos que provienen de la naturaleza íntima que nos llevó a ser humanos. Es la visión trascendente en busca de reencontrarnos con lo perdido que, tal vez sea eso que llamamos dios, a falta de haberle puesto un nombre que nos una en la construcción del mundo en el que merecemos vivir.
Eso, para mí, es amor y esperanza.

Para terminar, y como celebración, un poema de Marcos Ana, poeta condenado a muerte por el franquismo, y conmutada su pena por 22 años de cárcel.

 

Mi corazón es patio
La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio
(Un patio donde giran
los hombres sin espacio)
A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
y entonces, digo: “El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando”.
Y oigo colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
“Es la vida”, me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho…
Pero soñar es despertar,
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo)
Amanezco, y ya todo
-fuera del sueño- es patio:
un patio donde giran
los hombres sin espacio.
¡Hace ya tantos siglos
que nací emparedado,
que me olvidé del mundo,
de cómo canta el árbol,
de la pasión que enciende
el amor en los labios,
de si hay puertas sin llaves
y otras manos sin clavos!
Yo ya creo que todo
-fuera del sueño- es patio.
(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).
Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
-hasta en el sueño- es patio.
Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin descanso)

Marcos Ana

Mi homenaje a los luchadores por la verdadera libertad; no esta farsa de albedríos vigilados. De supervivencia del más apto, o del que más tiene.
Basta ya de falsos profetas del odio, de salvadores y mentores de verdades concebidas como dogmas, o grilletes, para terminar esclavos de mentiras y espejismos de felicidad comprada.

Dr. Carlos Nieto
Oga Cultura y Transformación