Argentina obtuvo dos victorias esta semana, la primera en el campo de juego cuando derrotó a Inglaterra en la semifinal del mundial, y un día más tarde cuando no pudo avanzar el proyecto del oficialismo de extranjerización de tierras.
Es llamativo que la peor reacción ante las victorias del combinado albiceleste sean de países de América Latina.
Un fenómeno que no sólo se extiende en las redes sociales, y que el fútbol como figura simbólica termina siendo el chivo expiatorio.
Está claro que lo del miércoles no era sólo un partido, así se vivió.
Nada cambió luego que el árbitro pitara el final sin embargo fue remontarse a los orígenes del deporte.
Hay un consenso acerca de que gracias a las revoluciones industriales, hubo un sector social adinerado que antes no lo tenía. Que mandaba a sus hijos al colegio, y la forma de reglamentar sus comportamientos por medio de la canalización de la violencia era mediante un deporte luego denominado fútbol.
Y no sólo Argentina volvió a los orígenes cómo un juego simbólico sino también los países que constantemente lo agendan.
Una vez dijo Cherquis Bialo que en su barrio “el precursor de las redes sociales era un boludo, que abrevaban en los cafés. La gente iba a los cafés a leer el diario, hablar de turf, fútbol, algo de cine siempre había un gil que dudaba de una hazaña. Ganó Fangio en Monza. Decía el boludo: ‘¿Cómo no va a ganar si lo hacen abandonar al otro para darle el coche y además está con Ferrari?”.
Cherquis explicó que los habitués terminaban echándolo diplomáticamente. «Andá, tomate… che, servile algo a este», le decían para que se callara, hasta que finalmente «el tipo se iba». Como todos madrugaban para trabajar, el bar cerraba y el ciclo del «opinólogo» se repetía al día siguiente sin mayores consecuencias. Bien, hoy no hay más cultura de cafés y ese boludo, hoy son las redes sociales.
Esa impunidad lo hace aún más desagradable, al punto de bromear con cosas que no harían personalmente.
Y es entendible que se juzgue a alguien como un bocón si cuenta hazañas que no hizo. No es el caso de esta selección que habla como si hubiese ganado la última copa del mundo, precisamente porque ganó la última copa del mundo.
No fue hasta ganarle a Francia que se burlaron de Mbappe después que dijera que el futbol en américa era de un nivel más bajo, o que Van Gaal se manifestara acerca de que si llegaban a penales ganaba Países Bajos y de que Messi era un jugador menos cuando Argentina no tenía la pelota porque no colaboraba a su equipo, que el propio Messi le dedicó el festejo de su gol. Primero cargan y la selección contesta. Y contesta mucho porque gana mucho.
Pero esa lógica a veces no es comprendida, y más allá de los nombres propios aludidos por los festejos, los que utilizan las redes sociales para criticar a los argentinos no son los países hegemónicos.
Porque la derrota de estos países no llegó el miércoles sino el jueves, cuando el Senado no juntaba las voluntades necesarias (algo que había sido manifestado por Villarruel) pero que Bullrich quiso contrariarla dando una imagen de solidez y finalmente la ex montonera no reunió el número y pidió un cuarto intermedio hasta agosto. Toda una supuesta rareza porque de esta manera no le quita una coma al proyecto, sino busca activar cortésmente una lista de favores a gobernadores para obtener los votos necesarios para hacer Ley la venta de tierras a aquellos mismos ciudadanos de los países que no quejan tanto de la selección Argentina.
Y ¿por qué se queja el resto entonces? Porque es lo único que puede hacer, no puede tener mala suerte en el juego y buena suerte en los negocios. Porque ve el mundo con la ñata contra el vidrio, muy parecido a como lo vemos nosotros, con la diferencia que por un puñado de cosas nosotros somos mejores que el resto.
No le da bronca que los que siempre tienen, tengan más. Pero sí que sus vecinos tengan el pasto más verde que ellos.
Verde será el césped donde el domingo correrá la pelota en una final del mundo y los boludos hablarán por redes sociales.







