Riachuelo: arte, memoria y lucha ambiental en el corazón de La Boca  

Con motivo del Día de la Acción Ambiental por la Cuenca Matanza-Riachuelo, el Museo Benito Quinquela Martín abre durante julio su sala Alfredo Lazzari para recorrer tres obras del maestro. Un recorrido que une el siglo XIX con el presente y recuerda por qué este río sigue siendo símbolo de identidad, trabajo y cuidado del territorio.  

Cada 8 de julio Buenos Aires mira hacia el sur. Es el Día de la Acción Ambiental por la Cuenca Matanza-Riachuelo, una fecha que busca poner en agenda el estado de uno de los cursos de agua más narrados y más castigados de la ciudad. Y en La Boca, ese río tiene nombre propio: es el paisaje que pintó Benito Quinquela Martín, el patio de su museo y la materia prima de su arte.  

Por eso el Museo Benito Quinquela Martín, ubicado frente al Riachuelo en Av. Pedro de Mendoza 1835, eligió julio para volver a poner el río en el centro. Durante todo el mes, en el espacio “Obra del Mes” de la sala Alfredo Lazzari, se exhiben tres piezas especialmente seleccionadas del patrimonio del museo. No son obras al azar. Fueron elegidas para contar, con trazos y colores, la relación íntima entre el artista, el puerto y el río que lo marcó para siempre.  

El Riachuelo no empezó a ser protagonista en el arte con Quinquela. Desde el siglo XIX ya había captado la atención de viajeros, cronistas y pintores. Litografías y grabados documentaban el movimiento del puerto, la descarga de mercadería, el trajín de los trabajadores en las orillas de barro. Con el tiempo se volvió uno de los escenarios más retratados del arte argentino, casi un personaje en sí mismo.  

Quinquela lo llevó un paso más allá. Hizo del puerto y de sus trabajadores el eje de gran parte de su producción. Pintó barcos, grúas, obreros, atardeceres rojizos sobre el agua sucia. Pero su archivo es más amplio: legó al museo más de cincuenta grabados y centenares de bocetos. En esos dibujos se ve su método: una mirada libre, expresiva, que estudiaba escenas navales para después transformarlas en murales. 

“El artista debía interpretar la realidad antes que copiarla”, sostenía. Por eso el Riachuelo fue para él un punto de partida, no un límite. Observaba el río, pero lo imaginaba. En sus cuadros conviven la veracidad del trabajo portuario con la potencia del color y la composición. El resultado es un paisaje que es real y simbólico a la vez: el de La Boca, pero también el de una ciudad que se hizo a fuerza de inmigración, esfuerzo y agua.  

Ubicado literalmente frente al curso de agua, el museo conserva y difunde ese legado. Sus colecciones no son solo un archivo de pintura. Funcionan como una herramienta de extensión cultural para hablar del ecosistema del Riachuelo, de su historia y de su necesidad de preservación. En un barrio donde el río es parte del cotidiano, la institución se piensa como un puente entre el arte y la conciencia ambiental.  

Las tres obras de julio dialogan con esa idea. Sin reproducirlas textualmente, la curaduría apunta a mostrar cómo Quinquela construyó su vínculo con el río: desde el boceto rápido tomado en la orilla, hasta el grabado que fija una escena de trabajo, hasta la pintura que eleva ese momento a mural. Tres escalas, tres tiempos de un mismo paisaje.  

El contexto no es menor. Hablar del Riachuelo en 2026 implica hablar de contaminación, saneamiento, reclamos de las comunidades ribereñas y planes de recuperación que llevan décadas. También implica recordar que el río es identidad. Para los vecinos de La Boca, es referencia geográfica, memoria familiar y postal. Para Buenos Aires, es una herida abierta y un símbolo.  

El museo abre de miércoles a lunes y la entrada al espacio “Obra del Mes” está incluida en la visita general. La propuesta es simple y directa: pararse frente a las obras, mirar el río por la ventana y entender que ambos, cuadro y paisaje, se explican juntos.  

“El Riachuelo forma parte inseparable de la identidad del barrio de La Boca y de la historia de Buenos Aires”, recuerdan desde la institución con motivo de la conmemoración. Y tienen razón. Cada vez que un artista lo pintó, cada vez que un trabajador cruzó su puente, cada vez que una escuela lo visitó para hablar de ambiente, el río dejó de ser solo agua para volverse relato.  

Quinquela lo entendió hace más de un siglo. Por eso pintó lo que veía, pero también lo que quería que se viera: dignidad en el trabajo, fuerza colectiva, color donde otros veían gris. Hoy, en el Día de la Acción Ambiental, esas imágenes siguen funcionando. No tapan el problema, lo encuadran. Recuerdan que el Riachuelo es patrimonio cultural y también un desafío ambiental.