Versalles, donde el tiempo duerme

Daniel Omar Cignacco es vecino y, como él mismo se define, «un poeta perdido en el barrio». Nos compartió una poesía que retrata lo cotidiano y lo asombroso del lugar que habitamos, de la memoria que guardan sus calles y de la identidad que somos, escrita verso a verso.

 

En Versalles las tardes tienen otra edad.

La historia se quedó viviendo en las veredas,

entre casas bajas

y árboles que todavía recuerdan

el paso de antiguos tranvías.

Dicen que el barrio nació despacio,

como nacen las cosas que no saben

que algún día serán memoria.

Una calle desembocó en otra,

una casa encendió una ventana,

y Buenos Aires, sin darse cuenta,

dejó allí una pequeña provincia

hecha de patios, zaguanes y silencio.

En la plaza Ciudad de Banff

los árboles levantan sus brazos

como si esperaran un tren invisible.

Nadie sabe hacia dónde viaja.

Tal vez hacia aquella ciudad

que existió antes de nosotros.

La plaza de las Comunidades

guarda el murmullo de muchas voces.

Los bancos conocen secretos

que jamás fueron escritos,

y las palomas caminan sobre el pasto

con la solemnidad de funcionarios

de una república desaparecida.

Hay tardes en que Versalles parece detenerse.

Un perro cruza la calle

y por un instante

la historia cambia de dirección.

Una bicicleta queda apoyada contra un árbol.

Una persiana se cierra.

Alguien riega una planta

que probablemente sobrevivirá

a todos los habitantes de la casa.

Entonces comprendo que el barrio

no está hecho solamente de calles.

Está hecho de aquello que permanece

cuando nadie lo está mirando:

una sombra sobre una pared,

el olor de la tierra después de la lluvia,

una pelota perdida detrás de un arbusto,

el viento entrando por una ventana abierta.

Y acaso la historia de Versalles

sea precisamente esa:

haber aprendido a existir

sin necesidad de levantar monumentos.

Porque mientras Buenos Aires envejece

y los edificios crecen alrededor,

Versalles conserva una extraña juventud,

como si debajo de sus veredas

hubiera enterrado un reloj

que todavía marca la hora

de un domingo que nunca termina.

Por eso cuando cae la noche

y las plazas quedan vacías,

los árboles parecen inclinarse

sobre el barrio

para escuchar

cómo respira.

Daniel Omar Cignacco